
Los políticos, sean del signo que sean, tienen en la propaganda el mejor aliado para perpetuarse en el poder. Y lo hacen gracias a que los electores siguen mordiendo el anzuelo. El Gobierno de Zapatero acaba de anunciar cambios en el Gobierno sin tener en cuenta que la mudanza de ministros, ministerios, sedes, departamentos y logotipos viene con cargo a los contribuyentes, un gasto más que cuestionable un año después de los cambios de organigrama motivados por las últimas elecciones y, para más inri, realizado por aquellos que pregonaron la austeridad en el gasto público.
Desde que el presidente del Gobierno y sus secuaces admitieron la recesión económica, las medidas aprobadas para paliar los efectos de la crisis no han funcionado, sino todo lo contrario. El conjunto de las mismas carece de cohesión, la de un plan global que las aglutine y motive un cambio global en una economía metida con calzador en un cántaro de ladrillo que, de tanto ir a la fuente, terminó por romperse.
El desarrollo español fue un espejismo. Cualquiera que haya viajado por el mundo lo sabe. El abandono del campo incentivado por la politíca agraria común nos ha hecho más pobres pues ha dejado nuestro sustento alimenticio en manos de las grandes multinacionales. Esto nos obliga a pagar mucho más por productos de una calidad, en muchos casos, inferior y a perder gran parte de nuestra identidad cultural, forjada durante siglos con el esfuerzo de nuestros ancestros del rural.
Algunos creyeron que la solución estaba en producir bienes de consumo masivo como los automóviles, sin tener en cuenta que esto era pan para hoy y hambre para mañana. Zapatero sigue empeñado en gastarse nuestros cuartos para ayudarnos a destrozar el planeta con más vehículos pero de investigación, educación y desarrollo de nuevas tecnologías ni una palabra.
La historia le dará su merecido, la pena es que no tengamos nosotros ese placer.
(Imagen. boceto de una escultura en bronce de Felipe Torres)




